11 años

Hoy es martes y 20 de abril, una combinación que se dio por última vez hace 11 años. Aquella mañana de 1999 la vida transcurría con normalidad en una de las ciudades del centro de Estados Unidos, adultos y niños se preparaban para ir al trabajo o al colegio. 15 de éstas personas salían de su casa por última vez. Sólo dos eran conscientes de ello, las restantes ni siquiera tuvieron oportunidad de despedirse.

Parecía un día cualquiera... pero no lo era. Los hechos que tuvieron lugar aquella fatídica mañana harían que ese martes, 20 de abril de 1999, quedara marcado en la historia para siempre. Bill Clinton lo definió como “un día que nos cambió para siempre”. A raíz de todo ello se desencadenó un intenso debate sobre el control de las armas. La palabra “Columbine” dejaría de ser simplemente el nombre de una flor y de un instituto de Colorado para convertirse en sinónimo de los tiroteos escolares. Surgirían muchas preguntas sin respuesta al igual que imitadores en todo el mundo que intentarían hacer “otro Columbine”.



La exhaustiva cobertura del trágico incidente por parte de los medios de comunicación contribuyó a que éste hecho se convirtiera en otro icono de la cultura moderna que, pese a ser superado por otros sucesos similares que tuvieron consecuencias más horribles, permanecería para siempre en la memoria de todos aquellos que fueron testigos directos o a través de la TV.


Hoy, como cada 20 de abril, el instituto permanecerá cerrado en memoria de las personas que fallecieron allí. Al tratarse de un undécimo aniversario, no se le dará tanta publicidad como se le ha dado en otras ocasiones tales como los tres primeros aniversarios (2000, 2001 y 2002), el quinto (2004), el octavo (2007) debido a que tan sólo 4 días antes tuvo lugar el tiroteo de Virginia Tech, o el décimo (2009). Sin embargo, para los supervivientes y los amigos y familiares de las víctimas no será un día más, y desde aquí queremos unirnos a ellos en este 11º aniversario.

Columbine: ¿De quién es la culpa?

Por Marilyn Manson / 24 de junio de 1999
Fuente: Rolling Stone


Es triste pensar que las primeras pocas personas que poblaron la Tierra no necesitaron libros, películas, juegos o música para realizar asesinatos a sangre fría. El día en que Caín derribó los sesos de su hermano Abel, la única motivación que necesitó fue su propia predisposición humana a la violencia. Si interpretas la Biblia como literatura o como la última palabra de lo que quiera que pueda ser Dios, el cristianismo nos ha dado una imagen de la muerte y la sexualidad alrededor de la cual hemos construido nuestra cultura. Un hombre medio desnudo está colgado en la mayoría de las casas y alrededor de nuestros cuellos, y tan sólo lo llevamos por concedernos nuestras vidas. ¿Es un símbolo de esperanza o de desesperanza? El asesinato-suicidio más famoso del mundo fue también el nacimiento del icono de la muerte – el anteproyecto para la fama. Desafortunadamente, para todos aquellos de moralidad inspiradora, en ningún sitio de los evangelios se alaba la inteligencia como una virtud.



Mucha gente olvida o nunca se ha dado cuenta de que yo comencé mi grupo como una crítica a estas cuestiones sobre la desesperación y la hipocresía. El nombre de "Marilyn Manson" nunca ha celebrado el triste hecho de que América ponga a asesinos en la portada de la revista Time, dándoles tanta notoriedad como a nuestras estrellas del cine preferidas. Desde Jesse James a Charles Manson, los medios de comunicación, desde su inicio, han convertido a los criminales en héroes populares. Simplemente crearon a dos nuevos cuando cubrieron las portadas de todos los periódicos con esas desagradables fotos de Dylan Klebold y Eric Harris. No os sorprendáis de que cada chico que sufra de acoso tenga ahora dos nuevos ídolos.


Aplaudimos la creación de una bomba cuyo único propósito es destruir a toda la humanidad, y crecemos viendo los sesos de nuestro presidente salpicados por todo Texas. Los tiempos no se han vuelto más violentos, sino que ahora están siendo más televisados. ¿Alguien cree que la guerra civil fue al menos un poco civil? Si la televisión hubiera existido, puedes estar seguro de que habrían estado allí para darle cobertura, o quizá incluso para participar, como en la violenta persecución en coche de la princesa Diana. Asquerosos buitres buscando cadáveres, aprovechándose, jodiendo, filmando y sirviéndonoslo para saciar nuestro apetito con una exposición de la estupidez sin límites de la humanidad.


Cuando se llega a quién es el culpable de los asesinatos de un instituto de Littleton, Colorado, arroja una piedra y golpearás a alguien que es culpable. Lo somos las personas que nos recostamos y toleramos que los niños posean armas, y lo somos los que sintonizamos y vemos los detalles de última hora de lo que hacen con ellas. Creo que es espantoso que alguien muera, especialmente si es alguien a quien conocías y querías. Pero lo que resulta más ofensivo es que, cuando estas tragedias ocurren, la mayoría de la gente no se preocupa por ellas más de lo que se preocuparían de la temporada final de "Friends" o "The Real World". Yo estaba mudo de asombro cuando vi a los medios de comunicación serpenteando allí, sin perderse ninguna lágrima, entrevistando a los padres de los chicos que habían fallecido, televisando los funerales. Luego llegó la caza de brujas.


El miedo más grande del hombre es el caos. Era impensable que estos críos no tuvieran un simple motivo en blanco y negro para sus acciones. También era necesario un chivo expiatorio. Recuerdo oír los informes iniciales de Littleton, de que Harris y Klebold llevaban maquillaje y estaban vestidos como Marilyn Manson, a quien obviamente debían idolatrar, ya que iban vestidos de negro. Por supuesto, la especulación aumentó rápidamente haciéndome ser el chico cartel para todo lo que estaba mal en el mundo. Esos dos idiotas no llevaban maquillaje, y nunca se vistieron como yo o como góticos. Puesto que el centro de EEUU no había oído la música que esos dos escuchaban (KMFDM y Rammstein, entre otros) los medios de comunicación escogieron algo que pensaban que era similar.


Periodistas serios han informado con menos publicidad que Harris y Klebold no eran fans de Marilyn Manson – que a ellos ni siquiera les gustaba mi música. Incluso si hubieran sido fans, eso no les da ninguna excusa, ni significa que haya que culpar a la música. ¿Buscamos la motivación de James Huberty cuando mató a tiros a la gente en el McDonald’s? ¿Qué le gustaba ver a Timothy McVeigh? ¿Y qué hay de David Koresh o Jim Jones? ¿Crees que los entretenimientos motivaron a Kip Kinkel, o debemos culpar el hecho de que su padre le comprara las armas que usó en los asesinatos de Springfield, Oregon? ¿Qué motivó a Bill Clinton para hacer volar personas en Kosovo? ¿Fue algo que Monica Lewinsky le dijo? ¿No son los asesinatos simplemente asesinatos, sin importar si ocurren en Vietnam o en Jonesboro, Arkansas? ¿Por qué justificamos algunos, solamente porque parecen realizarse por motivos correctos? ¿Alguna vez debería haber alguna razón correcta? Si un chaval es lo suficientemente mayor como para conducir un coche o comprar un arma, ¿no es lo suficiente mayor para asumir personalmente la responsabilidad de lo que hace con su coche o con su arma? O si es un adolescente, ¿debe alguien ser culpado porque él no es tan inteligente como alguien de 18 años?

"Crop failure" de Marilyn Manson. Caricatura de los dos agresores.
Pintura publicada originalmente acompañando a este artículo.


A América le encanta encontrar un icono sobre el que colgar todas las culpas. Pero hay que reconocer que he asumido el papel de anticristo; soy la voz del individualismo de los noventa, y la gente tiende a asociar a quien tiene una apariencia y un comportamiento diferente con actividades inmorales o ilegales. En el fondo, la mayoría de los adultos odian a la gente que va en contra de sus principios. Resulta gracioso cómo la gente es lo suficiente ingenua para haber olvidado tan rápidamente a Elvis, Jim Morrison y Ozzy. Todos ellos fueron sometidos a los mismos razonamientos, escrutinios y prejuicios de la vejez. Yo escribí una canción titulada “Lunchbox”, y algunos periodistas la han interpretado como una canción sobre las armas. Irónicamente, la canción trata de ser criticado y contraatacar con mi caja del almuerzo de Kiss, la cual yo usaba como un arma en el patio del colegio. En 1979, las cajas de almuerzo de metal fueron prohibidas porque eran consideradas armas peligrosas en manos de delincuentes. También escribí una canción titulada “Get Your Gunn”. El título está escrito con dos N porque la canción fue una reacción al asesinato del doctor David Gunn, que fue asesinado en Florida por activistas pro-vida mientras estaba viviendo allí. Esa fue la última hipocresía de la que fui testigo durante mi crecimiento: que esas personas matasen a alguien y se hiciesen llamar “pro-vida”. Los mensajes de algún modo positivos de estas canciones son normalmente los que los sensacionalistas malinterpretan como si estuviera promoviendo las que cosas que en realidad estoy despreciando.


En este momento, todos están pensando en cómo pueden prevenir sucesos como el de Littleton. ¿Cómo puedes prevenir el SIDA, las guerras mundiales, la depresión, los accidentes de coches? Vivimos en un país libre, pero con esa libertad hay una carga de responsabilidad. En vez de enseñarles a los niños lo que es la moralidad y la inmoralidad, lo que está bien y lo que está mal, lo más importante y lo primero que debemos hacer es enseñarles cuáles son las leyes que nos gobiernan. Siempre puedes huir del infierno si no crees en él, pero no puedes escapar de la muerte ni de prisión.


No hay que asombrarse de que los críos se estén volviendo más cínicos; tienen mucha información delante de ellos. Pueden ver que están viviendo en un mundo hecho de sandeces. En el pasado, siempre se tuvo la idea de que podías darte la vuelta y correr y comenzar algo mejor. Pero ahora América se ha convertido en un gran centro comercial, y debido a Internet y a todas las nuevas tecnologías que tenemos, no hay ningún sitio a donde podamos correr. La gente es igual en todos los sitios. Algunas veces la música, las películas y los libros son las únicas cosas que nos dejan sentir que alguien más se está sintiendo como nosotros. Siempre he intentado hacer a la gente saber que está bien, o mejor, si no te integras en el programa. Usa tu imaginación – si un cretino de Ohio puede convertirse en algo, ¿por qué no va a poder hacerlo alguien más con su fuerza de voluntad y su creatividad?


Yo decidí no precipitarme en el frenesí de los medios de comunicación y defenderme a mi mismo, sin embargo, me suplicaron que acudiera a cada show de TV existente. No quise contribuir con estos periodistas buscadores de fama o con los oportunistas que buscaban llenar sus iglesias. ¿Querían culpar al entretenimiento? ¿No es la religión el primer entretenimiento en realidad? Gente vestida con disfraces, cantando canciones y dedicándose a un pasatiempo. Todos estarán de acuerdo en que nada fue más entretenido que Clinton disparando sus pinchazos y luego sus bombas de una forma verdaderamente política. Y las noticias – es obvio. De modo que ¿hay que culpar al entretenimiento? Me gustaría que los comentaristas de los medios de comunicación se lo preguntasen, porque su cobertura del suceso fue uno de los más horribles entretenimientos que cualquiera de nosotros ha visto.


Creo que la Asociación Nacional del Rifle es demasiado poderosa como para enfrentarse a ella, así que la gente escogió culpar al Doom, a la película “The Basketball Diaries”. Este tipo de polémicas no me ayudan a vender discos ni entradas, ni querría que lo hicieran. Soy un artista polémico, uno que se atreve a tener una opinión y se toma la molestia de crear música y vídeos que cuestionan las ideas de la gente en un mundo que está diluido y vacío. En mi trabajo examino la América en la que vivimos, y siempre he intentado mostrar a la gente que el diablo al que culpamos de nuestras atrocidades tan sólo somos cada uno de nosotros. Así que no esperéis que el fin del mundo llegue de improviso – ha estado sucediendo cada día desde hace mucho tiempo.

Marilyn Manson


"Nunca sabré por qué" - Susan Klebold

Por Susan Klebold/Oprah Winfrey / Noviembre de 2009
Fuente: O, the Oprah magazine


Desde el día en que su hijo participó en el tiroteo escolar más devastador que América ha visto nunca, he querido sentarme con Susan Klebold para hacerle las preguntas que todos queríamos hacer – comenzando con “¿Cómo no lo viste venir?” y terminando con “¿Cómo lo superaste?”. Durante años, Susan ha declinado educadamente las peticiones para realizarle una entrevista, pero hace varios meses finalmente accedió a romper su silencio y a escribir sobre su propia experiencia para “O”. Incluso ahora, quedan muchas preguntas sobre Columbine. Pero lo que Susan escribe aquí añade una nueva y escalofriante perspectiva. Esta es su historia. - Oprah


Susan y Dylan Klebold celebrando el quinto cumpleaños de Dylan


Justo después del mediodía del martes, 20 de abril de 1999, me estaba preparando para salir de mi oficina del centro de Denver para ir a una reunión cuando vi la luz roja intermitente que me avisaba de que había un mensaje en mi teléfono. Trabajaba para el estado de Colorado, administrando programas de formación para personas con discapacidades; mi reunión era para hablar de becas para estudiantes, y me imaginé que el mensaje sería para avisarme de que se había cancelado a última hora. Pero era mi marido, llamando desde su despacho en casa. Su voz era jadeante e irregular, y sus palabras me pararon el corazón. “¡Susan – esto es una emergencia! ¡Llámame inmediatamente!


El nivel de dolor en su voz sólo podía significar una cosa: algo le había pasado a uno de nuestros hijos. En los segundos que pasaron mientras descolgaba el teléfono y llamaba a casa, el pánico aumentó dentro de mi; era como si millones de diminutas agujas se me estuvieran clavando en las orejas. Mis manos empezaron a temblar. Intenté orientarme a mí misma. Uno de mis hijos estaba en el instituto y el otro estaba en el trabajo. Era la hora del almuerzo. ¿Había habido un accidente de coche?


Cuando mi marido contestó al teléfono, gritó “¡Presta atención a la televisión!” - luego acercó el auricular para que pudiera escuchar. No podía entender las palabras que se oían, pero el hecho de que fuera lo que fuera lo que había sucedido fuese lo suficientemente importante como para estar en la TV me llenó de terror. ¿Estábamos en guerra? ¿Estaba nuestro país bajo un ataque nuclear? “¿Qué está pasando?” chillé.


Él se puso de nuevo al teléfono y me contó de lo que acababa de enterarse a través de un amigo cercano de nuestro hijo de 17 años, Dylan; había una especie de tiroteo en el instituto, pistoleros con gabardinas negras estaban disparando a la gente, el amigo conocía a todos los chicos que llevaban gabardinas, y todos estaban dando explicaciones excepto Dylan y su amigo Eric – y Dylan y Eric no habían estado en clase esa mañana – y nadie sabía donde estaban.


Mi marido se había convencido de que si encontraba la gabardina, eso significaría que Dylan no estaba involucrado. Había desgarrado la casa, buscando en todas partes. No la encontró. Cuando no quedaba ningún sitio en el que buscar, de algún modo supo la verdad. Fue como mirar fijamente a una de esas imágenes en 3-D generadas por ordenador cuando el dibujo abstracto de repente se convierte en una imagen reconocible.

Casi no tuve aire suficiente en mis pulmones para decir “Voy a casa.” Colgamos sin decir adiós.


Mi oficina estaba a 42 kilómetros de nuestra casa. Lo único en lo que podía pensar mientras conducía era que Dylan estaba en peligro. Con cada célula de mi cuerpo, sentí lo importante que era para mí, y supe que nunca me recuperaría si le ocurría algo. Oscilé entre imposibles paroxismos de miedo. Quizá nadie sabía donde estaba Dylan porque lo habían disparado. Quizá estaba tendido en algún lugar del instituto herido o muerto. Quizá había sido tomado como rehén. Quizá estaba atrapado y no podía comunicarse con nosotros. Quizá era algún tipo de broma y no había ningún herido. ¿Cómo podríamos pensar aunque fuera durante un segundo que Dylan podría pegarle un tiro a alguien? Nos avergonzamos con tan sólo pensar en esa posibilidad. Dylan era un chaval dulce y sensato. Nadie de nuestra familia había tenido nunca una pistola. ¿Cómo sería posible que formara parte de algo como esto?

Pero no importaba cuanto quisiera creer que no estaba involucrado, no podía descartar la posibilidad. Mi marido se había dado cuenta de que había algo raro en la voz de Dylan a principios de esa semana; yo misma la había oído aquella mañana. Sabía que a Dylan no le gustaba su instituto. Y que estos últimos días había pasado mucho tiempo con Eric Harris – que no había venido a nuestra casa desde hacía meses pero que repentinamente se había quedado para pasar la noche el último fin de semana. Si Eric también estaba desaparecido ahora, no podía negar que los dos pudieran estar involucrados en algo malo juntos. Hacía más de un año, habían entrado a robar en una furgoneta aparcada en una carretera rural cerca de nuestra casa. Habían sido detenidos y habían completado un programa de diversificación juvenil que incluía orientación psicopedagógica, servicios comunitarios y clases. Su robo había mostrado que bajo la influencia que se ejercían el uno al otro, podían ser impulsivos y no tener escrúpulos. ¿Podrían también – sin importar lo increíble que parezca – ser violentos?


Cuando llegué a casa, mi marido me contó que la policía estaba en camino. Tenía tanta adrenalina en mi sistema que, incluso mientras me cambiaba de ropa, iba corriendo de una habitación a otra. Sentía mucha urgencia por estar preparada para cualquier cosa que pudiera suceder. Llamé a mi hermana. Cuando le conté lo que estaba pasando, me sentía tan horrorizada que empecé a llorar. Momentos después colgué el teléfono, mi hijo de 20 años entró en la habitación y me levantó en sus brazos como si fuera una muñeca de trapo mientras yo sollozaba en un paño de cocina. Entonces mi marido gritó desde el vestíbulo de entrada, “¡Están aquí!


Los miembros del equipo SWAT, con sus uniformes oscuros y sus chalecos antibalas habían llegado. Pensé que venían para ayudarnos o para que pudiéramos ayudar a Dylan; si Dylan tenía un arma, quizá tenían la esperanza de que pudiéramos persuadirlo para que la soltara. Pero parecía que a los ojos de los miembros del equipo SWAT, nosotros éramos sospechosos. Años más tarde entendería que muchas de sus acciones de ese día las realizaron con la intención de protegernos; temían que nos pudiéramos herir a nosotros mismos o que hubiera explosivos en nuestra casa, nos dijeron que teníamos que salir de la casa. Durante el resto de la tarde, permanecimos fuera, sentados en la acera o paseando por nuestro camino de ladrillos. Cuando necesitábamos usar el baño, dos guardias armados nos acompañaban dentro y nos esperaban en la puerta.

No recuerdo cómo o cuándo, pero en algún momento de ese día se confirmó que Dylan y Eric eran, efectivamente, los autores de la masacre en el instituto. Yo estaba en shock y casi no podía comprender lo que estaba ocurriendo, pero podía oír la televisión a través de las ventanas abiertas. En las noticias se anunciaba un creciente número de víctimas. Los helicópteros comenzaron a volar en círculos encima de nosotros para capturar en pantalla a la familia de uno de los asesinos. Los coches bordeaban la carretera y los espectadores se quedaban embobados mientras trataban de conseguir una mejor vista.


Aunque otros estaban sufriendo, mis pensamientos estaban centrados en la seguridad de mi hijo. A cada momento que pasaba, la probabilidad de ver a Dylan como lo conocía se reducía. Pregunté a la policía una y otra vez, “¿Qué está pasando? ¿Dónde está Dylan? ¿Está bien?” Más avanzada la tarde, finalmente alguien me contó que estaba muerto pero no cómo había fallecido. Nos dijeron que desalojáramos la casa durante unos días para que las autoridades pudieran investigar el lugar; encontramos refugio en el sótano de la casa de un miembro de la familia. Tras una noche de insomnio, me enteré de que Dylan y Eric habían matado a 12 estudiantes y un profesor, y habían herido a 24 personas antes de quitarse la vida.

Durante su infancia, Dylan hizo que ser padres fuese fácil. Desde que era pequeño, tenía un notable sentido del orden y prestaba mucha atención. Pasaba horas haciendo puzzles y entrelazando juguetes. Le encantaba el origami y los Lego. Cuando estaba en tercer curso, entró en un programa para niños dotados en la escuela, se había convertido en el compañero de ajedrez más fiel de su padre. Él y su hermano jugaban a representar hazañas heroicas en nuestro patio trasero. Jugaba en la Little League de béisbol. No importaba lo que hiciese, siempre conseguía ganar – era muy duro consigo mismo cuando perdía.


Su adolescencia fue menos feliz que su infancia. Cuando creció, se volvió muy tímido y se sentía incómodo cuando era el centro de atención, y se ocultaría o se haría el tonto si intentábamos hacerle una foto. Durante el primer ciclo de de secundaria, fue evidente que ya no le gustaba el colegio; peor aún, sus ganas de aprender habían desaparecido. En el instituto, consiguió un trabajo y participó como técnico de sonido en la puesta en escena de obras de teatro, pero sus notas eran muy normales. Pasaba el tiempo con sus amigos, se iba a dormir tarde cuando podía, pasaba tiempo en su habitación, hablaba por teléfono y jugaba a videojuegos en el ordenador. Durante su tercer año en el instituto, nos dejó atónitos cuando hackeó el sistema de ordenadores del instituto con un amigo (hecho por el que fue expulsado), pero el punto más bajo de ese año fue su arresto. Después de haber sido detenido, lo mantuvimos alejado de Eric durante varias semanas, y cuando el tiempo pasó parecía como que él mismo se distanciaba de Eric por decisión propia. Lo tomé como una buena señal.


Durante su último año de instituto, Dylan se había vuelto alto y delgado. Tenía el pelo largo y desaliñado; bajo su gorra de béisbol, su pelo sobresalía como si fuese una peluca de payaso. Había sido aceptado en cuatro universidades y había decidido ir a la Universidad de Arizona, pero no había recuperado su amor por el aprendizaje. Era muy callado. Le molestaba que criticáramos su forma de conducir, que le dijéramos que ayudara en casa o si le aconsejábamos que se cortara el pelo. Durante los últimos meses de su último año, estaba pensativo, como si estuviera pensando en los desafíos que conllevaba el hacerse mayor. Un día de abril le dije, “Últimamente estás muy callado - ¿estás bien?”. Me contestó que “sólo estaba cansado”. Otra vez le pregunté si quería hablar sobre el tema de marcharse a la universidad. Le dije que si no se sentía preparado, podía quedarse en casa e ir a una universidad de la comunidad. Me dijo “Quiero marcharme, sin duda.” Si fue una alusión a algo más que irse de casa a la universidad, ni siquiera se me ocurrió.


Por la mañana temprano el 20 de abril, me estaba vistiendo para ir al trabajo cuando oí a Dylan bajar la escaleras dando saltos y abrir la puerta principal. Preguntándome por qué tenía tanta prisa cuando podría haber dormido otros 20 minutos, asomé la cabeza por la puerta. “¿Dyl?”, todo lo que dijo fue “Adiós”. La puerta principal se cerró de golpe y su coche se alejó a toda velocidad por el camino de entrada. Su voz había sonado muy cortante, muy brusca. Supuse que estaba enfadado porque se había tenido que levantar pronto para ir a alguna clase. No sabía que acababa de oír su voz por última vez.


Llevó unos seis meses al departamento del sheriff empezar a compartir algunas de las pruebas, explicando lo que sucedió ese día. Durante esos seis meses, los amigos y familiares de Dylan no quisimos reconocerlo. No sabíamos que él y Eric habían reunido un arsenal de explosivos y pistolas. Creíamos que no tenía la intención de herir a nadie. Un amigo estaba seguro de que Dylan había sido engañado en el último momento para que usara munición real. Ninguno de nosotros podía aceptar que fuera capaz de hacer lo que hizo.


Estos pensamientos pueden parecer tontos a la luz de lo que sabemos ahora, pero reflejan lo que realmente pensábamos de Dylan. Sí, él había llenado páginas de cuadernos con sus pensamientos y sentimientos privados, expresando repetidamente una profunda alienación. Pero nunca habíamos visto esos cuadernos. Y sí, había escrito una redacción para el instituto sobre un hombre con una gabardina negra que asesina brutalmente a nueve estudiantes. Pero nunca la habíamos visto. (Aunque alarmó lo suficiente a su profesora de inglés para hablarnos de ella, cuando nos reunimos con ella y le pedimos que nos dejara verla dijo que no la llevaba consigo en ese momento. Tampoco describió su contenido, sólo dijo que era “perturbadora.” Estuvimos de acuerdo en que se la mostrara al orientador de Dylan; si él pensaba que había algún problema, alguno de los dos contactaría conmigo. Nunca más tuve noticias de ellos.) No vimos la redacción ni ninguno de los otros escritos de Dylan hasta que la policía nos los mostró seis meses después de la tragedia.


Durante las semanas y meses que siguieron a la matanza, casi me volví loca por el dolor que sentía por todo el sufrimiento que mi hijo había causado y por la profunda pena de haber perdido a un hijo. La mayoría del tiempo, sentía que no podía respirar, y a menudo deseé morirme. Me perdía mientras conducía. Cuando volví al trabajo a tiempo parcial a finales de mayo, me sentaba en las reuniones sin la menor idea de lo que estaban diciendo. Olvidaba conversaciones enteras. Lloraba en momentos inoportunos, poniendo en una situación embarazosa a los que estaban a mi alrededor. Una vez, vi una paloma muerta en un aparcamiento y casi me puse histérica. Desconfiaba de todo – especialmente de mi propio criterio.


Ver imágenes de la devastación y de los supervivientes llorando era más de lo que podía soportar. Evitaba ver las noticias. Estaba obsesionada pensando en los chicos inocentes y el profesor que pagaron las consecuencias de la crueldad de Dylan. Sufría por las otras familias, aunque ni siquiera las conocía. Algunos habían perdido a seres queridos, otros intentaban sobrellevar heridas severas y traumas psicológicos. Era imposible pensar que alguien a quien yo había criado pudiera causar tanto sufrimiento. El descubrimiento de que podía haber sido incluso peor – que si su plan hubiese funcionado, Dylan y Eric habrían volado el instituto – sólo aumentó mi agonía.


Pero mientras que yo me veía como una víctima más de la tragedia, no tenía el consuelo de saber que la mayor parte de la comunidad me viera como tal. Era ampliamente vista como una de las autoras o, al menos, como una cómplice ya que era la persona que había criado a un “monstruo”. En una de las encuestas del periódico, el 83% de los encuestados dijeron que el fracaso de los padres en enseñar a Dylan y a Eric valores apropiados, jugó un papel importante en la matanza de Columbine. Si encendía la radio, oía voces que nos condenaban por las acciones de Dylan. Nuestros cargos electos declararon públicamente que el mal cuidado de los hijos fue la causa de la masacre.


Por todo esto, sentía una humillación enorme. Durante meses me negué a usar mi apellido en público. Evitaba el contacto visual mientras caminaba. Dylan era un producto del trabajo de mi vida, pero sus últimas acciones implicaron que nunca se le había enseñado los fundamentos de lo que estaba bien y de lo que estaba mal. No había forma de compensar la conducta de mi hijo.


Aquellos a quienes nos importaba Dylan nos sentimos responsables de su muerte. Pensábamos, “si hubiera sido un/a mejor (madre, padre, hermano, amigo, tía, tío, primo), habría sabido que esto iba a pasar”. Veíamos sus acciones como nuestro fracaso. Intenté identificar algún suceso crucial en su educación que pudiera explicar su enfado. ¿Había sido demasiado estricta? ¿No había sido lo suficientemente estricta? ¿Lo había presionado demasiado o no lo suficiente? Durante los días anteriores a su muerte, lo había abrazado y le había dicho cuánto lo quería. Sujeté su rasposa cara entre mis manos y le dije que era una persona maravillosa y que estaba orgullosa de él. ¿Se había sentido agobiado por esto? ¿Pensó que no podría estar a la altura de mis expectativas?


Me habría gustado hablar con Dylan una última vez y preguntarle en que pensaba. Hablé con él en mis pensamientos y rezaba para entenderlo. Llegué a la conclusión de que no me quería, porque el amor lo habría prevenido de hacer lo que hizo. Y aunque en algunos momentos estaba enfadada con él, la mayor parte del tiempo pensaba que era yo quien necesitaba que me perdonara por no haberme dado cuenta de que necesitaba ayuda.


Desde que tuvo lugar la tragedia, he pasado por muchas horas de terapia. He disfrutado de la lealtad y bondad de amigos, vecinos, compañeros de trabajo, familiares y desconocidos. También recibí una inesperada bendición. En ocasiones han contactado conmigo los padres de algunos de los chicos que murieron en el instituto. Estas valientes personas me pidieron reunirse en privado conmigo para que pudiéramos hablar. Su compasión me ayudó a sobrevivir.


Sin embargo, la participación de Dylan en la masacre fue algo imposible de aceptar para mi hasta que empecé a conectarlo con su propia muerte. Una vez que vi sus diarios, para mí quedó claro que Dylan entró al instituto con la intención de morir allí. Y así, en lugar de intentar entender qué podría haber estado pensando, empecé a aprender todo lo que pude sobre el suicidio.


El suicidio es el resultado final de una compleja mezcla de patologías, carácter y circunstancias que producen angustia emocional grave. Esta angustia es tan grande afecta a la capacidad de pensar y actuar racionalmente. Por los escritos que Dylan dejó, los psicólogos criminales han concluido que estaba deprimido y que era un suicida. Cuando vi por primera vez las copias de estos escritos, se me rompió el corazón. No había tenido ni idea de la lucha que Dylan estaba teniendo en su mente. Ya dos años antes del tiroteo, escribió sobre poner fin a su vida. En un poema escribió: “La venganza es dolor / la muerte es un respiro / la vida es un castigo / los logros de los demás son nuestro tormento / la gente es igual / yo soy diferente.” Escribió sobre su deseo de amar y de su casi obsesión por una chica que aparentemente ni sabía que él existía. Escribió: “La Tierra, la humanidad, AQUÍ. Eso es el lo que pienso mayormente. Lo odio. Quiero ser libre... libre... creo que ya es hora. El dolor se multiplica infinitamente. Nunca para (¿ya?) Estoy aquí, TODAVÍA solo, aún dolorido...

Entre las cosas que la policía encontró en su habitación estaban dos frascos medio vacíos de Hierba de San Juan, una hierba usada para subir el humor y para el tratamiento de la depresión leve. Pregunté a uno de los amigos de Dylan si sabía que Dylan la había estado tomando. Dylan le contó que esperaba que lo ayudara a aumentar su “motivación”.


Cada año hay aproximadamente 33,000 suicidios en Estados Unidos. (En Colorado, el suicidio es la segunda cusa principal de la muerte de personas entre 15 y 34 años). Y se estima que entre un 1 y un 2% de los suicidios conllevan la muerte de más personas. Nunca sabré por qué Dylan formaba parte de este pequeño porcentaje. Nunca podré explicar o excusar lo que hizo. Ninguna experiencia humillante en el instituto podría justificar una reacción tan desproporcionada. Tampoco puedo decir cuán fuertemente fue influido por algún amigo. No sé cuanto control tenía sobre sus elecciones en el momento de su muerte, qué factores lo presionaron para cometer asesinatos y por qué no terminó con su dolor él solo. Sin embargo, tras varias charlas con supervivientes a suicidios creo que logré hacerme una idea de por qué no pidió ayuda.

Creo que Dylan no quería hablar de sus pensamientos porque se avergonzaba de tenerlos. Estaba acostumbrado a ocuparse de sus problemas y percibía la incapacidad para hacerlo como una debilidad. La gente que considera la opción del suicidio algunas veces piensa que sin ellos el mundo será mejor, y sus razones de querer morir cobran sentido. Están demasiado mal como para ver la irracionalidad de sus pensamientos. Creo que lo que asustó a Dylan fue encontrarse con algo que no podía manejar, ya que siempre había estado orgulloso de la confianza que tenía en sí mismo. Creo que intentó rechazar esos pensamientos negativos, sin darse cuenta de que dejarlos al descubierto contándoselo a alguien que pudiera ayudarlo era un modo de vencerlos.


Mientras criaba a Dylan, le enseñé a protegerse de una gran cantidad de peligros: los relámpagos, picaduras de serpientes, heridas en la cabeza, cáncer de piel, fumar, beber, enfermedades de transmisión sexual, adicción a las drogas, conducción temeraria e incluso intoxicación por monóxido de carbono. Nunca se me ocurrió que el peligro más grave – para él y, como termino siendo, para tantos otros – podía venir de su interior. La mayoría de nosotros no vemos los pensamientos suicidas como la amenaza para la salud que son. No estamos cualificados para identificarlos en los demás, para ayudarlos adecuadamente o para reaccionar de una forma sana si somos nosotros mismos quienes tenemos estos sentimientos.


En memoria de Dylan, yo apoyo la investigación sobre el suicidio y el fomento de la prevención y la concienciación responsable al igual que el apoyo a los supervivientes. Espero que algún día todo el mundo reconozca los signos de advertencia del suicidio – incluyendo los sentimientos de desesperanza, retraimiento, pesimismo y otras señales de depresión seria – tan fácilmente como reconocemos los signos de advertencia del cáncer. Espero que superemos nuestro miedo de hablar sobre el suicidio. Espero que enseñemos a nuestros hijos que la mayoría de los adolescentes suicidas telegrafían sus intenciones a sus amigos, ya sea a través de comunicación verbal, notas o preocupación por la muerte. Espero que lleguemos a entender la relación entre el comportamiento suicida y el comportamiento violento, y nos demos cuenta de que tratar a los primeros quizá nos ayude a prevenir a los segundos. (De acuerdo a la Iniciativa de Seguridad Escolar del Servicio Secreto de EE.UU., el 78% de los agresores escolares tiene un historial con intentos de suicidio o pensamientos suicidas.) Pero debemos recordar que puede que las señales de advertencia no siempre nos avisen. Nadie vio que Dylan estaba deprimido. No habló de la muerte, no se delató ni dijo que el mundo sería mejor sin él. Y también debemos recordar que incluso si alguien está exhibiendo señales de riesgo de suicidio, no siempre será posible prevenir la tragedia. Algunos de los que cometen suicidio o asesinato-suicidio ya están – como Eric Harris – recibiendo asistencia psiquiátrica.

Si mi investigación me ha enseñado algo, es esto: Cualquiera puede llegar a ser afectado por el suicidio. Pero para aquellos que tienen sentimientos suicidas o para los que han perdido a alguien a causa del suicidio, quiero que sepan que tienen ayuda disponible – a través de recursos proporcionados por organizaciones sin ánimo de lucro como la Fundación Americana para la Prevención del Suicidio y la Asociación Americana de Suicidología.

Durante el resto de mi vida, seré perseguida por el horror y la angustia que Dylan causó. No puedo mirar a un niño en un supermercado o en la calle sin pensar en cómo los compañeros de instituto de mi hijo pasaron los últimos momentos de sus vidas. Dylan cambió todo lo que creía sobre mi misma, sobre Dios, sobre la familia y sobre el amor. Pienso que creía que si quería a alguien tan fuertemente como lo quería a él, sabría si tenía problemas. Mis instintos maternales lo mantendrían a salvo. Pero no lo supe. Y mis instintos no fueron suficientes. Y el hecho de que nunca vi la tragedia aproximarse todavía es casi inconcebible para mí. Sólo espero que mi historia pueda ayudar a aquellos que todavía pueden ser ayudados. Espero que, leyendo mi experiencia, alguien vea lo que yo no vi.



Susan Klebold




Esta página está dedicada a todos aquellos que resultaron heridos o murieron en el tiroteo que tuvo lugar en el instituto Columbine en Littleton, Colorado, el 20 de abril de 1999. Esta web trata sobre los hechos que tuvieron lugar ese día, da una escueta mirada a la realidad de las acciones de Eric Harris y Dylan Klebold y las consecuencias que éstas tuvieron.
Si has llegado aquí buscando información sobre la masacre del instituto Columbine porque estás investigando o simplemente porque quieres saber lo que pasó, sé bienvenido.